jueves, 25 de marzo de 2010

Una serie de eventos desafortunados... (21.09.09)

Jaló el gatillo, a quema ropa, mirando a los ojos y sin temor, sin la menor consideración, sin medir las consecuencias, sin más preocupación que el sentirse por fin aliviada.

Fue un tiro de gracia, efectivo, preciso, no al corazón, a la cabeza, al cerebro, directo a la razón, al intelecto.

No hubo más que hacer, desahucié al moribundo, mientras pregonaba su felicidad y publicaba las fotos de la nueva etapa de su vida.

El cadáver ardió con la esperanza, entre azufre, papeles, fotos, filmes, oro, discos, manuscritos y botellas de alcohol.

Detuve el mundo, por lo menos el mío, me senté un momento al lado del camino, tomé aire, recuperé la respiración.

Me levanté, aún temblando, caminé otra vez, todavía sin rumbo, la vida no espera y si te detienes te aplasta, pensé nuevamente.

Volvió, a buscar al muerto vivo, preguntó por él, extrañaba sus ojos profundos perdidos en la nada, perdió el sepelio, inclusive el novenario.

Solo alcanzó a percibir un olor, a ceniza de hojarasca, sueños evaporados, alma fulminada, sangre carbonizada y un alma hecha polvo.

La urna, vacía, de las cenizas, el mar fue el destino, Alfonsina el consuelo “y si llama ella no le digas nunca que estoy, di que me he ido...”

Volverlo a ver, imposible, como imposible la exhumación, no es lo mismo, no es igual, es distinto, no quedan restos.

No le gusta el canalla que ahora ronda el lugar, no le gusta el miserable, no le gusta el condenado, no le gusta el desgraciado, el que ella trajo consigo.

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